Lifschitz: la intimidad del hombre detrás del político

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“Él decía que iba a ser Gobernador una vez en su vida. Por eso, iba a dedicar su vida por completo para hacer lo máximo que fuese posible”, evoca Juan Pablo Bonamico, uno de los colaboradores más cercanos que tuvo Miguel Lifschitz.

Es que el recuerdo del exgobernador sigue muy presente entre todos los santafesinos, pero se agudiza más en aquellos que compartieron la intimidad de su trabajo, recorrieron miles de kilómetros, conocieron infidencias y mantuvieron el ritmo de una rutina agitada, que se vivía al paso que marcaba el líder del equipo.

Juampi Bonamico fue su sombra. Lifschitz lo eligió para que lo acompañe durante la campaña por la gobernación en 2015. Fue su Secretario Privado durante el mandato y siguió a su lado cuando asumió la banca de diputado provincial. “Anduvimos muchas horas juntos, días y noches. Miguel no paraba, arrancaba muy temprano y seguíamos hasta los fines de semana. Él se había comprometido a ser el primer gobernador en recorrer las 365 localidades de la provincia y lo logró”, recuerda emocionado.

El caso de Mariana Nani Haedo es también muy significativo. Fue Directora de Ceremonial durante el gobierno de Lifschitz y responsable de que cada acto oficial estuviera perfectamente organizado.

“Miguel era muy sencillo. Incluso cuando llegábamos a localidades pequeñas y había algún detalle con el cumplimiento del protocolo, a él no le importaba. Siempre decía que el amor que recibía en esos lugares compensaba todo”, señala.

No obstante, ambos coinciden en reconocer que el gobernador era muy exigente y cuidadoso por los detalles: “Siempre quería saber y tener conocimiento sobre las personas que iban a participar de un evento, para estar a la altura de la situación”, cuenta Nani. Y Juan Pablo ratifica: “Para una obra, por ejemplo, había que darle mucha información, cuestiones técnicas y demás. Pero al final, él ya sabía mucho más de lo que nosotros le habíamos preparado”.

“También hay que rescatar que era una persona absolutamente inclusiva: Nunca miró el color político de un invitado, respetó siempre las investiduras, el orden y las instituciones”, exalta Haedo, ponderando el perfil dialoguista que tanto se ha destacado tras su partida.

El capitán de barco que amaba las tormentas

Lifschitz fue un dirigente serio, que no se encuadraba en el estereotipo de un típico político en campaña. Construyó una imagen sólida, basada en la austeridad, el bajo perfil y el trabajo sin pausa, semejante a la de un socialista clásico, del que aprendió y se formó.

“En la intimidad era un poco tosco también, no era muy abierto, pero con el diálogo aflojaba”, confiesa Juan Pablo, aunque rescata que la misma capacidad de oratoria para armar discursos la podía aplicar para hacer bromas en las reuniones distendidas. “Tenía mucha chispa”, repite.

“No era los que te abrazaban todo el tiempo, pero sí de los que estaban cuando había un problema. Fue un ser humano excepcional: Un capitán de barco, que le gustaba más cuando había tormentas”, rememora.

“Siempre hubo muy buen trato interno. Eso nunca lo perdía, aun cuando estaba bajo presión”, recuerda Nani, conocedora de infinitas anécdotas que se dieron en el detrás de escena de cada evento.

Humilde, sencillo y austero son calificativos que se repiten constantemente para aludir al exgobernador. Pero también, obstinado y aplicado: “No paraba de estudiar: en el auto, en un helicóptero, en un avión, siempre estudiaba. Y no paraba, era muy difícil llevarle el ritmo”, coinciden sus colaboradores.

Probablemente por esa vitalidad, Lifschitz nutrió su equipo con personas jóvenes, aunque también flaqueaban ante su ritmo ajetreado, las consultas a cualquier hora y la exigencia de estar pendientes de todos los detalles. Pero propició la renovación generacional y la moderación desde su máximo cargo.

“Su auto lo compró en 2015, porque el anterior lo usó para la campaña”, cuenta Juampi. Y reafirma: “Era común verlo caminar por Santa Fe los domingos a la tarde, sin custodia. Era un vecino más, pero con una cabeza privilegiada y un cargo de gran responsabilidad”.

La temprana partida del referente socialista dejó un hondo pesar, unánimemente compartido  por todo el arco político, empresarial y de entidades intermedias. Santa Fe ha perdido un dirigente imprescindible para estos tiempos, cuyo vacío será difícil de suplir. Al recordarlo crece la esperanza de que su legado sea bien continuado. Porque “solo mueren las personas que son olvidadas”.

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