¿Por qué fallan las encuestas?

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La consultora de opinión pública Zuban, Córdoba y Asociados presentó un informe en el que analiza por qué los últimos estudios sobre intención de votos contrastan con los resultados finales después de cada elección.

La investigación concluye en la idea de que no son las encuestas las que fallan, sino el método utilizado. Es que, en la actualidad, la forma más elegida para encuestar es a través de pautas en redes sociales, lo que genera una distorsión en el público objetivo.  Según pudieron averiguar, casi un 50% de los encuestados afirma haber respondido otras encuestas similares en el último mes. Una consecuencia lógica si se tiene en cuenta que el algoritmo de las redes sociales determina un público “estandarizado” con tendencia a responder frecuentemente este tipo de consultas.

Para que una encuesta goce de rigurosidad metodológica, todas las personas que integran el universo que se busca representar debe tener la misma posibilidad de ser encuestadas. Y eso no ocurre ni en las investigaciones por redes sociales ni tampoco en las que se hacen a través de llamados telefónicos a líneas fijas, ya que apenas un 20 % de la población, con determinadas características socioeconómicas, todavía mantiene este servicio.

“Ese sesgo de los algoritmos contamina todas las muestras y por lo tanto distorsiona los resultados que obtenemos. Evitar este problema es uno de los desafíos que la industria de la investigación de la Opinión Publica deberá enfrentar en los próximos años”, señala el informe con un gran sentido autocrítico.

Pero ese no es el único problema. Según detallan, la mayoría de la población dice desconfiar de las encuestas que son publicadas en los medios. Y ponen énfasis en alertar sobre el uso que se le pretende dar a los informes: “El problema no son sólo las encuestas, también lo son quienes las consumen. Un 81% afirma que los políticos son adictos a las encuestas”. Un sondeo puede servir para identificar un clima de opinión pública y a partir de eso montar una estrategia política. Pero no debe ser tomada como un resultado acabado ni tampoco como estrategia para posicionar a un candidato, un mito que la ciencia política ya descartó hace años.

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