El regreso de los pibes: cómo el fútbol Senior de Libertad se convirtió en un fenómeno de pertenencia y pasión bicampeona

Con más de 40 años, un grupo de jugadores decidió volver a federarse y competir en la Liga Rafaelina. Más que un torneo, una historia de vestuario, exigencia física y reencuentro con la identidad institucional.
19/08/2026Germán ThalmanGermán Thalman
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La decisión de volver a "ponerse los cortos", con más de 40 años, para integrar un plantel Senior en la Liga Rafaelina, no constituyó para estos jugadores un simple pasatiempo dominical. Representó, ante todo, un ejercicio de entrega y la recuperación de una identidad que muchos creían archivada por el peso de la vida profesional y familiar. Al desafío formal, le sumaron la disciplina de una pretemporada y la puesta a punto física, demostrando que la edad es un dato secundario frente a la voluntad de volver a vestir la camiseta del club de sus infancias.

En diálogo con Pido la Palabra, Pablo Giovenale, Luciano Bolzico y Diego Cipolatti reconstruyen este fenómeno social que excede los marcadores de la cancha. A través de su experiencia, analizan cómo el vestuario se transformó en un espacio de igualdad absoluta y por qué el hecho de regresar a la actividad —con el respeto por los códigos y el sentido de pertenencia— sintetiza, en definitiva, la realización de una asignatura pendiente y el fortalecimiento de un vínculo inquebrantable con la institución.

Requisitos formales, controles médicos y el compromiso de llegar enteros

Armar un equipo competitivo en el marco de la Liga Rafaelina no implicó únicamente una convocatoria de amigos, sino cumplir con un riguroso esquema administrativo y sanitario. El reglamento exige un piso estricto de edad —con futbolistas que van desde los 40 hasta superar los 50 años— y la obligatoriedad de estar debidamente federados, lo que en algunos casos demandó la gestión de pases com instituciones anteriores.

A ello se le suman estrictos controles médicos y aptos físicos obligatorios para prevenir cualquier inconveniente en la alta competencia. Ese nivel de exigencia llevó a que varios integrantes debieran someterse a intervenciones quirúrgicas y tratamientos de recuperación previos con el único objetivo de poder estar a la altura. Jugadores que arrastraban lesiones de vieja data o problemas en los meniscos pasaron por el quirófano y los consultorios exclusivamente para ponerse los cortos otra vez, demostrando que el torneo Senior no admite improvisaciones.

El vestuario como "gran nivelador" social

Uno de los aspectos más significativos de este proceso es la capacidad del deporte para disolver, aunque sea por unos momentos, las jerarquías de la vida adulta. Durante la semana, los integrantes del plantel gestionan las responsabilidades propias de sus profesiones, empresas o diversas actividades laborales en la ciudad. Sin embargo, al cruzar la puerta del vestuario, esas distinciones se desvanecen por completo para dar lugar a un plano de igualdad absoluta.

"El fútbol te nivela", sostiene Pablo Giovenale al analizar el espíritu del grupo. "Somos todos iguales, nadie está mirando qué tiene o qué hace el otro; nos encontramos en un lugar para pasarla bien, despejarnos y reírnos". En ese espacio se recuperan los códigos de la infancia, las bromas de siempre y un humor cómplice que funciona como un cable a tierra indispensable frente al ritmo de las obligaciones cotidianas.

Es precisamente en esa camaradería donde el proyecto encuentra su verdadera potencia. Al retomar los rituales del deporte, estos jugadores han logrado rescatar una faceta que el paso del tiempo suele atenuar: la del compañero de equipo. Este entorno no solo garantiza la diversión, sino que refuerza un sentido de pertenencia traducido en un compromiso inquebrantable hacia sus pares.

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Entre la nostalgia y la exigencia: el desafío de la cancha grande

A diferencia de los encuentros recreativos o el tradicional picadito de fin de semana, la participación en el torneo oficial impuso condiciones muy distintas. El paso de los años de fútbol reducido a las dimensiones de una cancha de once reglamentaria no fue una transición sencilla, y el físico de los jugadores acusó recibo desde las primeras fechas, obligando al grupo a redefinir sus rutinas.

Para estar a la altura del certamen, el plantel encaró una preparación rigurosa que incluyó una pretemporada de tres meses y una serie de amistosos previos. "Uno se tiene que cuidar, entrenar en serio", explica Diego Cipolatti, al tiempo que destaca que el grupo —que cuenta con un plantel estable de unos 40 jugadores— mantiene una rutina semanal exigente. Esta preparación es supervisada por un cuerpo técnico que busca la competitividad, pero que también trabaja para administrar los minutos y las cargas, respetando las limitaciones y el conocimiento que cada uno tiene sobre su propio cuerpo.

Esa misma seriedad con la que se afronta la competencia es la que hace que el peso de la derrota se viva con la intensidad de otros tiempos. Quedar a las puertas de un festejo local dejó cicatrices anímicas profundas que desnudan el temperamento que sigue latente. "Acabo de perder el campeonato de local, enfrente de nuestra gente, ¿qué foto querés que me saque?", recuerda Diego Cipolatti sobre el enojo de haberse quedado con las manos vacías. En el Senior de Libertad no se juega de manera pasatista; se compite con la convicción de quienes entienden que el fútbol, a cualquier edad, exige respeto por los códigos, disciplina y el orgullo intacto de defender una camiseta.

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El club como segunda casa: la comunión intergeneracional

El impacto de este equipo trasciende el campo de juego, revitalizando la vida institucional y fortaleciendo el sentido de pertenencia. Para muchos de estos jugadores, cuya trayectoria en la institución había quedado en pausa por las exigencias laborales y familiares, el Senior funcionó como un bálsamo que permitió el reencuentro con su segunda casa. Esta iniciativa no solo movilizó a los exjugadores, sino que logró una integración familiar y generacional que hoy es un sello distintivo del grupo.

Es habitual ver hoy en el predio de Lomas a los hijos participando activamente, ya sea como alcanzapelotas o alentando desde el lateral, mientras los jóvenes del plantel de primera división comparten el espacio con quienes, en otros tiempos, fueron referentes o compañeros de equipo. Esta comunión se extiende a los rituales diarios, donde el aporte solidario —desde atender la cantina hasta organizar la comida después del entrenamiento— ha devuelto al club esa mística del trabajo voluntario que es el motor de cualquier institución social.

"Es volver a la familia del club, a estar ahí", explica Luciano Bolzico sobre esta experiencia. Al ver a sus hijos interactuar en el mismo escenario donde ellos se preparan para competir, los jugadores no solo transmiten el legado de la camiseta, sino que demuestran que el club es un espacio vivo y dinámico. En este sentido, el Senior de Libertad ha logrado algo fundamental: recordar que el compromiso con la institución no caduca con la edad y que, en la comunión entre el pasado y el presente, se construye el futuro de nuestra identidad deportiva.

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