


Taras Chembarovych: Vivir la guerra desde “el fin del mundo”
Germán Thalman






Taras Chembarovych vive a 12.500 kilómetros de su natal Burshtýn, en la provincia de Ivano-Frankivsk, al oeste de Ucrania. Hace más de veinte años, llegó a estas pampas con la ilusión de encontrar nuevas oportunidades, después de la disolución de la Unión Soviética y las sucesivas crisis que afectaron a sus países.
Pero su corazón sigue latiendo al ritmo ucraniano y se acelera más en estos tiempos convulsionados. Se estremece al ver las calles que transitó ardiendo por el efecto los misiles rusos. No le resulta fácil seguir las noticias sin emocionarse y compartir el dolor que viven sus compatriotas.
La zona de Ivano-Frankivsk, ubicada a unos 200 kilómetros de la frontera con Polonia, tuvo un tiempo de relevancia durante el control de la Unión Soviética puesto que allí se instalaron varias bases militares y dejaron una importante infraestructura pesada. Por ejemplo, su aeropuerto, tiene capacidad para movilizar transportes de tropas, por lo que fue uno de los primeros blancos elegidos por los rusos al inicio de la operación bélica.


Taras llegó a Argentina en marzo de 2001. Acá ya lo esperaban varios familiares afincados desde hacía algunos años entre Sunchales y Ataliva. Los Chembarovych se integraron rápidamente a esta comunidad, sembrada de descendientes de otros gringos, salvando rápidamente las evidentes diferencias culturales. El arte y el trabajo fueron vínculos sólidos para que esta relación sea fecunda.
Su acento ucraniano es una marca indisoluble. Sus ideas y emociones emergen mucho más rápido de lo que su vocabulario español es capaz de expresar. Pero incluso sus silencios sobran para explicar los sentimientos que encierran sus mensajes.
“Nosotros los ucranianos sabemos que tenemos un desacuerdo con el pueblo ruso por el dominio de ciertos territorios que habitamos”, explica Taras. Pero el origen del conflicto es milenario y puede rastrearse hasta la génesis del pueblo Eslavo del Este, conformado por bielorrusos, rusos y ucranianos, en lo que se conoció como el imperio “Rus de Kiev” que dio origen a los primeros gobiernos. “Los rusos siempre tuvieron un mayor apoyo natural para su desarrollo, los ucranianos solo tenemos nuestra historia”, evoca Taras. Y recalca: “Nosotros somos rusos, ellos en realidad son moscovitas”.
De todas maneras, Taras sostiene la hermandad con muchos rusos que reconocen esta interpretación de la historia y tantos otros que hoy se oponen a la intervención armada, aun cuando ponen en riesgo sus propias libertades. Y no puede ocultar la influencia política e ideológica que marcó a toda la región en el último siglo.
“Conservo muchos amigos y contactos en Ucrania, pero en estos días preferí no llamarlos”, comenta Taras. Y confiesa que ellos ya esperaban este desenlace: “Si no pasaba hoy, pasaba mañana o pasado”.
El valor del pueblo ucranio es objeto de admiración mundial, por la bravura con que se están defendiendo de un ejército largamente superior, en recursos y tecnología. Y es un indicador muy sensible para lograr mayor adhesión internacional. “Los rusos involucran a pueblos que son muy lejanos, que nada tienen que ver con este conflicto. Lo hacen por poco dinero y se convierten en cómplices de crímenes contra la humanidad”, sentencia.
“Por la voluntad de mi pueblo, yo no lo pensaría mucho: Estaría bajo la bandera de Ucrania junto con ellos”, confiesa Taras sabiendo que de estar en su tierra natal ya hubiese sido convocado para alistarse en el ejército. “Para vivir, hay que sentirse bien”, reflexiona Taras sabiendo que el valor de defender sus ideas y la libertad puede pagarse con la propia vida.




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