Iván Delfino: "Yo soy lo que soy por esta ciudad"

Iván Delfino abre su corazón en una charla íntima: el regreso a las raíces, el valor de la palabra y por qué Sunchales es el único lugar donde se quita la coraza de entrenador para ser, simplemente, Iván.
Panorama Institucional31/12/2025Germán ThalmanGermán Thalman
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Hay personas que necesitan gritar para ser escuchadas. Hay otras que solo necesitan estar. Iván Delfino pertenece a este segundo grupo. En un fútbol argentino que suele ser una licuadora de egos y urgencias, él se ha convertido en una especie de faro, no solo por sus logros deportivos o por ese reciente e histórico ascenso a la Primera División, sino por algo mucho más escaso: su coherencia.

A pocos días de cerrar el 2025, Delfino volvió a su lugar en el mundo. No vino a desfilar; vino a ser "Iván". En una charla íntima, despojada de casetes deportivos y llena de humanidad, recorrimos la historia del sunchalense que lleva nuestra ciudad como bandera, incluso cuando prefiere el perfil bajo.

Sunchales: El lugar donde la coraza se cae

Para muchos, Iván es el estratega serio que se ve por televisión. Para Sunchales, es el pibe del barrio Cooperativo que nunca se fue del todo. Él mismo lo define con una claridad que emociona: "Es mi lugar. Acá puedo ser quien soy o cómo soy realmente. Cuando ando recorriendo ciudades o provincias, soy huésped; uno se arma una coraza. Pero acá mi esencia es de Sunchales, totalmente".

Ese arraigo no es una frase hecha. Se traduce en su rutina cuando vuelve. Lejos del ruido, Iván busca el silencio del hogar. "No salgo de mi casa. Vengo a disfrutar de mi familia, me junto a comer con mi viejo, mi hermano, con la familia de mi esposa... soy muy casero". Es, en definitiva, el descanso del guerrero en el único suelo que no le pide explicaciones.

Un repaso por el barro y la memoria

Mirar hacia atrás para Delfino no es un ejercicio de melancolía, sino de gratitud. Recordar el Barrio Cooperativo es volver a las raíces de una ciudad que, según su mirada, ha cambiado mucho pero mantiene su núcleo. "La ciudad fue cambiando... llevo perdidas a dos o tres generaciones, hay mucha gente que no conozco", reflexiona con una pizca de nostalgia.

El entrenador añora ese sentido de pertenencia que antes unía a los pobladores con sus clubes y las fábricas. Aún conserva en su retina secuencias que definen nuestra identidad: "Tengo la imagen de los pasillitos del barrio y de la gente que trabajaba en la administración de la empresa, con su camisita blanca, o el operario con la bolsita con la comida... eso lo tengo súper grabado", cuenta recordando los años de pujanza de la cooperativa láctea. Esos valores del trabajo y el esfuerzo son los que hoy intenta trasladar a sus planteles.

La herencia moral: El legado de Sebastián

Si hay algo que define el temple de Delfino es su familia. Creció en un hogar donde el compromiso social y político no eran palabras vacías. De su padre, Sebastián, tomó la lección más importante: la resiliencia sin odio. "Valoro mucho todo lo que le pasó a mi viejo en la época de la dictadura. Aprendí de él a no tener rencor; es un tipo que transitó la vida con lo que pasó, con mucha tranquilidad".

Esa formación se traduce en un concepto de integridad que hoy parece de otra época: "Ser íntegro es actuar de la misma forma cuando te ven y cuando no te ven". Por eso, Iván no negocia la palabra. Sabe que, si se desvía, tiene a sus amigos y a su familia "para pegarme un palazo en la cabeza o darme un tirón de orejas".

El fútbol como oficio y el "clic" de la salud

La carrera de Iván como entrenador no fue algo que él soñó desde siempre, sino que se fue dando con el paso de los años. Pero tras 20 temporadas en el banco de suplentes, la profesión le dejó cicatrices y aprendizajes. Uno de los momentos más duros fue cuando su propio cuerpo le pidió parar: "Tuve un problema de salud en uno de los ojos,  y casi pierdo la vista. Ahí me tuve que tranquilizar sí o sí", sentencia.

Ese episodio cambió su forma de dirigir. Entendió que la pasión, si no se controla, nubla la razón. Hoy, se define como un "traductor" de realidades, alguien que debe hablarle de formas distintas a tres generaciones diferentes dentro de un vestuario para poder llegarles. Y lo hace con una filosofía simple: "Para jugar al fútbol hay que hacer gol y que no te hagan gol, lo otro es anécdota".

La gestión del fracaso y lo efímero de la gloria

En un deporte que solo parece premiar al que levanta la copa, Iván propone una mirada mucho más humana y equilibrada. Para él, los momentos de satisfacción son "fugaces" y terminan casi antes de poder disfrutarlos. "El fin de año me duró nada", confiesa sobre la rapidez con la que el éxito se evapora para dar paso a la próxima exigencia. Esta conciencia de lo efímero es lo que le permite mantener los pies sobre la tierra: entiende que el fútbol es un oficio donde las "malas partidas" son mucho más frecuentes que las alegrías.

Esa misma templanza es la que aplica ante la frustración y la crítica externa. Iván aprendió a separar el rol de la persona, una lección que hoy intenta transmitir a los entrenadores más jóvenes: "Que ningún cese de trabajo o ningún cruce que vos tengas con un periodista te haga dudar de tu capacidad. El periodista está criticando tu rol de entrenador; como persona no te va a conocer nunca". Para el DT, la verdadera victoria no es evitar la caída, sino haber encontrado el equilibrio justo para que los golpes del oficio no le quiten la salud ni la paz mental.

La pasión frente al gran negocio

Para Iván, el fútbol de hoy es un juego distinto al que conoció en las canchitas del Barrio Cooperativo. Con la lucidez de quien ve los hilos detrás de escena, reconoce que el deporte se ha transformado en una maquinaria financiera: "Se empezó a entender en el último tiempo que es un gran negocio. Como mueve tanta plata, en esencia el deporte sigue siendo el mismo, pero ya a otro nivel, es un negocio".

Sin embargo, en medio de ese engranaje de intereses, sobrevive la pasión del hincha, un fenómeno que a Delfino todavía lo asombra y, por momentos, le cuesta procesar desde su rol profesional. "Nunca entendí esa  parte, de un hincha tan apasionado. Yo soy hincha pero tranquilo... a lo mejor porque ya estoy inmerso dentro de este ambiente donde el corazón se te va endureciendo año tras año. Pero también es cierto que, a  veces, el fútbol el lo único que te da alegrías".

Delfino no es ajeno a la realidad social y entiende que la pelota nunca rueda sola, sino que siempre ha sido un brazo de algo más grande. "La política siempre influyó en el fútbol. Fue un vehículo, un brazo de la política para desviar un poco todo". Esta mirada, cruda y honesta, es la que lo mantiene con los pies en la tierra, sabiendo que aunque el país esté en un momento de descreimiento y dudas, la "neta realidad" es la que se ve caminando la calle, lejos de los despachos o los micrófonos.

La anécdota con Bielsa y el refugio de la Fe

En el baúl de sus recuerdos profesionales, Iván guarda una joya que pocos conocían. En sus años en Rosario, cuando las lesiones lo castigaban, encontraba un compañero de entrenamiento inesperado: Marcelo Bielsa. "Llegaba a las cinco de la mañana a Newell's y el que salía a correr conmigo era Bielsa. Me iba hablando de fútbol y siempre me preguntaba por Hermes Bocco". Ese vínculo entre el "Loco" y el querido Hermes, su entrenador de la infancia, marca la estatura de los hombres que lo formaron.

Pero cuando las luces se apagan y la soledad del técnico aparece, Iván se apoya en su fe. Un camino que inició formalmente a los 35 años por influencia de su esposa y que hoy considera una necesidad vital. "En los altibajos, yo me abrazo a las paredes... la fe me hace sentir acompañado". Es el costado más íntimo de un hombre que se sabe "normal" y que no quiere ser tratado de otra forma.

Un deseo para el 2026

Al terminar la charla, Iván no pide títulos ni gloria. Sus deseos son los de cualquier vecino que valora lo esencial: Salud y trabajo. "El trabajo te da la dignidad. Hay que trabajar para hacer lo mejor posible y no para que te reconozcan, porque ahí te gana el ego y te nubla la mente". 

Delfino ya vibra pensando en el nuevo año, que lo enfrentará a un grandísimo desafío. Pero en realidad nunca se va de Sunchales. "Soy lo que soy por esta ciudad. Tengo mi casa acá y, si Dios quiere, en algún momento también voy a caer acá", concluye el entrenador.

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