


La encrucijada de las semillas: El debate por los derechos de regalías en una carrera global por la innovación
Germán Thalman





La comparación trazada por el Ejecutivo Nacional fue quirúrgica. Según el diagnóstico, los laboratorios y desarrolladores de genética eligen radicar sus investigaciones fuera de nuestras fronteras debido a la falta de un marco legal que garantice el retorno de la inversión. Esta observación oficial no solo reabrió un debate histórico, sino que planteó un interrogante incómodo sobre qué tan lejos está Argentina de los estándares que hoy rigen en las principales potencias agrícolas del mundo.
Para desglosar esta realidad, Diego Druetto, Director de Innovación para sorgos de NuFARM, aporta una visión desde el corazón del laboratorio. "El productor muchas veces no alcanza a entender que mucha de esa gran inversión que se hace directamente se pierde", explica, derribando el mito de que el desarrollo de una semilla es un proceso lineal o sencillo. Según el especialista, la competencia hoy es global y la seguridad jurídica sobre la propiedad intelectual es el combustible que permite seguir subiendo el "techo" de los rendimientos.
Siete años para una bolsa: El riesgo invisible del laboratorio
Cuando el productor pasa por la ruta y ve los ensayos de las semilleras, muchas veces ignora que lo que tiene frente a sus ojos es el resultado de un proceso de largo aliento que no admite atajos. El ingeniero Druetto explica que existe una brecha enorme entre la necesidad que detecta un comercial en el lote y la llegada efectiva de esa solución al mercado. En sus propias palabras, "desde el día que a mí me dicen que hace falta tal característica, hasta el día que yo puedo vender una bolsa, pasan siete años". Este ciclo no es solo una cuestión de calendario, sino una carrera de obstáculos donde la inversión se sostiene a ciegas, sin garantías de éxito.
Durante ese lapso, el equipo de investigación debe cruzar datos, probar estabilidades y enfrentar condiciones climáticas variables para asegurar que la genética responda. La biotecnología aplicada al agro es, en rigor, una industria de riesgo: se invierten millones en desarrollos que pueden quedar obsoletos o ser superados por la propia naturaleza antes de generar el primer peso de retorno.
Esta dinámica es la que justifica, desde la visión de los obtentores, la necesidad de un sistema de regalías que funcione. No se trata simplemente de cobrar por un insumo, sino de financiar la rueda de la innovación que permitirá tener soluciones dentro de casi una década. En la visión de Druetto, las empresas no están trabajando para la campaña que viene, sino que están intentando predecir qué plagas, qué malezas y qué clima tendremos en los próximos años, asumiendo un costo financiero que pocos sectores industriales deben afrontar con tanta incertidumbre.
UPOV 91 vs. 78: El nudo legal de los derechos y las regalías
En el centro del conflicto se encuentra un acrónimo poco conocido para el ciudadano común, pero vital para el campo: la UPOV (Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales). Argentina se rige actualmente por el acta de 1978, un esquema que Druetto describe como más permisivo y limitado en comparación con el estándar moderno, el acta de 1991, hacia la cual el mundo desarrollado —y nuestros competidores directos— ya han migrado. La diferencia no es solo burocrática; se trata de quién tiene el control sobre la invención biológica y por cuánto tiempo.
Bajo el esquema actual (UPOV 78), el obtentor tiene una protección de 18 años sobre su creación, pero el sistema permite lo que se conoce como "uso propio". Esto significa que el productor puede comprar la semilla una vez, cosechar y volver a sembrar parte de ese grano en la campaña siguiente sin pagar nuevamente por la genética. Sin embargo, el modelo que propone el protocolo UPOV 91 cambia las reglas: extiende la vigencia de la patente a 20 o 25 años y, fundamentalmente, otorga al obtentor un control mucho más estricto sobre lo que se hace con la semilla hija.
La tensión surge porque este salto normativo busca profesionalizar el esquema y asegurar el cobro de derechos por regalías en cada eslabón. Mientras que en los cultivos híbridos —como el maíz o ciertos sorgos— el sistema de cobro es natural porque la semilla pierde vigor si se replanta, en variedades como la soja o el trigo la genética se mantiene estable, lo que permite al productor "saltarse" el pago tras la primera compra. Para Druetto, esta es la clave de la discusión: si no se garantiza que el investigador perciba ingresos por su trabajo durante toda la vida útil de la variedad, la rueda de la innovación se detiene por falta de combustible financiero.
Biotecnología y ambiente: El "escudo" genético frente a los químicos
Uno de los puntos más reveladores de la charla con Druetto es la desmitificación del impacto de los transgénicos. Lejos de la imagen negativa que suele rodear a la manipulación genética, el especialista la define como una herramienta de precisión que permite reducir la huella química en el campo. "Yo prefiero comer ese gen implantado en la semilla y no algo que fue aplicado siete veces con insecticidas", afirma con contundencia.
Este concepto de "escudo genético" es el que permite enfrentar crisis agronómicas que antes parecían insolubles. Druetto destaca hitos como la soja Enlist, que permite limpiar lotes de malezas resistentes (como el yuyo colorado) sin castigar el cultivo, o la tecnología BT en maíz, donde la planta genera su propio insecticida natural para defenderse de la oruga cogollera. Este último es, para el ingeniero, el mejor ejemplo de sustentabilidad: la biotecnología reduce drásticamente la necesidad de pulverizar.
En su especialidad, el sorgo, Druetto resalta el desarrollo de híbridos con tolerancia a herbicidas (imidazolinonas), lo que ha permitido revalorizar un cultivo clave para las zonas marginales y la rotación de suelos. Estos avances son los que permiten que, a pesar de las sequías o las plagas, los techos de rendimiento no se desplomen.
Sin embargo, el especialista advierte que la tecnología no es una solución mágica. Para que estos avances no pierdan efectividad, es vital la "rotación cultural" y el manejo responsable: si el productor se apoya solo en la genética, la naturaleza termina encontrando la vuelta. Para Druetto, cada uno de estos logros representa esos "siete años" de riesgo que el sistema de regalías busca proteger, para que el próximo gran avance —sea una semilla resistente a la sequía extrema o a nuevas razas de hongos— no se quede trabado en un escritorio por falta de financiamiento.
El rinde como "pelea de nunca terminar": ¿Existe un techo biológico?
Una de las preguntas más recurrentes en el sector es si los rendimientos agrícolas han alcanzado un límite natural o si la tecnología podrá seguir estirando la productividad por hectárea indefinidamente. Para el ingeniero Druetto, la respuesta no es una cifra estática, sino una dinámica constante que define como "una pelea de nunca terminar". El rinde no es solo lo que se cosecha al final de la campaña, sino la capacidad de la planta para sobrevivir a un entorno que se vuelve cada vez más hostil.
En este sentido, el especialista de NuFARM aclara que la ganancia genética anual puede parecer pequeña en los papeles, pero su valor real reside en el sostenimiento del sistema. "Por ahí no le ganás un kilo más, pero le ganás en estabilidad", explica, señalando que el verdadero logro de la ciencia es mantener el techo productivo frente a un clima que se ha vuelto errático y frente a malezas que, como el sorgo de Alepo o el yuyo colorado, desafían cualquier esquema de control previo. Si la investigación se detuviera hoy, los rendimientos no se estancarían, sino que caerían estrepitosamente ante la presión de la naturaleza.
Esta visión derrumba la idea de que la biotecnología es una búsqueda de "superplantas" invencibles. Se trata, en cambio, de un trabajo de adaptación extrema. Los laboratorios no solo buscan que la semilla rinda más en condiciones ideales, sino que sea apta para defenderse en zonas donde antes era inviable sembrar o en campañas donde el agua brilla por su ausencia. Para Druetto, el techo biológico es una frontera móvil que solo se mantiene alta gracias a que, detrás de cada bolsa, hay una estructura científica que no deja de correr para que el productor no pierda lo que ya ha conquistado.
Toda esta arquitectura de innovación y marcos legales internacionales choca, inevitablemente, con la realidad económica del lote. El productor argentino no es reticente a la tecnología por desconocimiento —de hecho, es de los más rápidos del mundo en adoptar mejoras— sino por una estructura de costos que no le da respiro. En la visión de Diego Druetto, el reclamo del campo es de una lógica aplastante: para poder pagar por la propiedad intelectual, primero hay que aliviar la carga de quien produce.
"Sacame un peso de los que ya tengo en retenciones y te acompaño en el desarrollo", resume el ingeniero sobre el sentir generalizado en las tranqueras. La presión fiscal actúa como un techo de cristal: el productor sabe que necesita la genética para combatir malezas resistentes y ganar estabilidad, pero se resiste a sumar una nueva erogación en concepto de regalías cuando siente que el Estado ya se lleva una parte desproporcionada de su esfuerzo. Existe el temor de que cualquier cambio normativo hacia el esquema UPOV 91 termine siendo, en la práctica, un impuesto encubierto que beneficie exclusivamente a las grandes compañías.
Sin embargo, la salida a este laberinto parece residir en el diálogo y la transparencia. Druetto sugiere que el cobro de derechos no tiene por qué ser una carga administrativa inmanejable; ya existen mecanismos para detectar la genética en los puertos y liquidar la regalía allí mismo, asegurando que solo pague quien realmente se benefició de esa tecnología. El desafío final, según el especialista, es lograr un acuerdo donde la protección del trabajo de los laboratorios no asfixie al que trabaja la tierra, sino que sea el motor para que Argentina deje de mirar con nostalgia el espejo de sus competidores y vuelva a liderar la carrera agrícola mundial.




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