Por: Germán Thalman.

Debieron sufrir varios cachetazos políticos, desencuentros, traiciones y derrotas electorales para que los justicialistas de la ciudad hicieran propia la frase del General: “Para un peronista de bien, no puede haber nada mejor que otro peronista”. Y aunque parezca extraño verlos hoy “juntos a la par” a varios que hasta hace pocos días se cruzaban filosas críticas, en política nadie es tan adversario como para que mañana no pueda ser un aliado.

Según reconocen los propios referentes, el acuerdo entre las dos principales corrientes internas del PJ local se dio prácticamente de manera natural: es lógico, ya no hay mucho por perder y una buena performance en las legislativas de octubre podrá significar una proyección favorable para intentar recuperar la Intendencia en 2019.

Por eso, Bolatti no reniega de la estrategia de volver a ser monaguillo después de vestirse de cura, respaldado por una imagen que, a pesar de la derrota en sus aspiraciones reeleccionistas, aún conserva buena salud y supone un respaldo electoral que arranca con un piso alto: con mantener al menos la mitad de los votos que cosechó hace dos años, su banca en el Concejo estará asegurada.

Al calor del partido que lo supo cobijar, Bolatti se siente cómodo repitiendo la doctrina de la justicia social y enarbola las banderas peronistas cual “descamisado en 17 de Octubre”. Sin embargo, no pierde su eclesiástico modo de expresión, en apariencia bien opuesto al de un político tradicional, y promete que su rol en el Concejo será conciliador.

“Durante los cuatro años que fui Intendente la oposición ralentizó y demoró todo lo que pudo”, rememora el candidato, pero el deseo revanchista no entra en su moral: la opción de llegar al Concejo para jugarle a Toselli con las mismas cartas con las que él, en tiempos de legislador, melló su gestión como Intendente, es apenas una anotación al margen en un discurso políticamente correcto.