


Iruya y la pasión intacta de vivir el carnaval
Germán Thalman






Hace quince años, la aventura artística de un grupo de amigos apasionados por las fiestas carnestolendas, empezaba a gestarse en torno a una pequeña batucada y un par de bailarinas que animaban fiestas y eventos.
Con los años, Iruya se convirtió en una marca registrada de los Carnavales de nuestra ciudad y un nombre reconocido en todo el territorio provincial, sin nada que envidiarle a las principales escolas de todo el país.
Para cada celebración del Rey Momo, el grupo renueva su entusiasmo y espíritu festivo, sólidamente sustentado en una organización seria, con detallada planificación, ajustada administración de los recursos y notables conceptos artísticos.


Mariano Gigena, Director General, responsable de la percusión y las cuestiones musicales; Carolina Delmastro, a cargo de las coreografías y puestas en escena; y Roberto Cerri, primer ideólogo y creativo a la hora de diseñar trajes y demás fantasías, conforman esta sociedad artística que el fin de semana volvió a pasear su magia por los carnavales sunchalenses, con su “Boleto a un viaje extraordinario” emulando las fantasías de Julio Verne.
Iruya es una familia. Por la pista desfilan abuela, hija y nieta, contagiadas por la euforia de la danza del Carnaval. “Hay bailarinas que llevan más de diez años con nosotros, van cambiando de escuadra, pero no quieren dejar de bailar”, cuenta Roberto.
Pero para poner la comparsa en la calle hay que trabajar con mucha antelación y profesionalismo. En Iruya hay actividades de capacitación y entrenamiento a lo largo de todo el año. Se toman cursos con percusionistas especializados y pasistas que participan en el Carnaval de Río. Se reparan los trajes de cada temporada que son vendidos a otras agrupaciones, para poder renovar el vestuario antes de cada estreno. Se eligen cuidadosamente telas, piedras y plumas, que se convertirán en las nuevas fantasías. Se hacen eventos y presentaciones, en distintos formatos y lugares. Todo eso para llegar al objetivo invaluable de presentar la comparsa en Sunchales ante cada nueva llamada del Carnaval.
El resultado evidencia mucha labor experta y artesanal. “Un traje de comparsa pasa por no menos de diez manos”, detalla Cerri valorando la dedicación de voluntarios y profesionales. Modistas, costureras, herreros, maquilladores, fotógrafos, decoradores y un sinfín de colaboradores, íntegramente locales, que hacen su aporte a la comparsa.
“Para poder disfrutar del carnaval se necesita tener una sólida organización previa. Tener todo listo y no dejar nada librado al azar. A mí me gusta tener todo listo, por lo menos dos semanas antes”, relata Roberto, obsesionado por la prolijidad y los detalles.
Una vez que todo está presto, es hora de divertirse y emocionar, como lo hizo este fin de semana, con su vuelta al corsódromo después de más de diez años de dirigir desde el costado. “Fue muy emotivo, maravilloso. Lloramos de alegría, por haber logrado lo que se ideó. Para nosotros fue muy fuerte. Lo pasamos genial”, confiesa.
La licencia social que brinda el Carnaval permite que en cada fiesta se trastoquen los roles, se pierdan las jerarquías y todos se mezclen en la alegría de los cuatro días locos. Por eso, no sorprende que Iruya lleve entre sus escuadras a profesionales reconocidos o figuras que, un par de días después, estén desempeñando un oficio muy distante del que pasearon con osadía por el corsódromo.
Incluso en la faceta musical, una banda compuesta por eximios concertistas o intérpretes de clase, se animan al ritmo popular y ponen voces e instrumentos para animar la pasada, en una ofrenda pagana que implora porque e nunca se apague el eco de los bombos.




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