


Kity Malano: la aventura de ser un narrador de historias
Germán Thalman




"Yo me considero un comunicador, un narrador. En definitiva, todo lo que hago tiene un mismo fin, que es contar una historia". Con esa declaración de principios, Cristian "Kity" Malano define su presente.
El polifacético artista sunchalense cuenta cómo logró unificar sus múltiples búsquedas bajo un solo propósito: el arte de narrar. Para Kity, la realidad es una partitura que se puede ejecutar con distintos arcos: a veces es el violín o la guitarra los que traducen el silencio en melodía; otras, es el lente de una cámara el que se convierte en una extensión de su ojo para congelar la magia de un instante. Ya sea pulsando una cuerda, ajustando el obturador o deslizando la pluma sobre el papel para dar vida a una crónica, Malano demuestra que la técnica es apenas el vehículo: El verdadero viaje ocurre en la emoción de quien se atreve a contar lo que otros solo ven.
El eterno aprendiz: de la vocación al método
La trayectoria de Kity Malano es la de un buscador que nunca se permitió la comodidad del saber terminado. Se define, ante todo, como un "eterno aprendiz". Su historia con la comunicación nació casi como una revelación en un mundo que todavía se vislumbraba incierto. Allí, entre la lectura y la escritura, encontró una salida que pronto comprendió que no era un pasatiempo, sino una profesión que exigía formación y rigor: "Lo entendí como un trabajo, como una vocación a la que le tenía que prestar atención".
Esa evolución lo llevó a transitar todos los rincones del oficio. Antes de terminar la universidad, ya estaba probando el pulso de las redacciones, la adrenalina de la radio y el lenguaje de los portales digitales. "Lo hice todo y con todo eso me quedé con un cúmulo de conocimiento que me permitió salir al mercado", reflexiona. En ese camino, aprendió a despojarse de los egos para abrazar la disciplina del realizador integral que no teme involucrarse con la técnica: "Fui la persona que entrevistó, la que estuvo corrigiendo el ISO en la cámara, la que trabajó un guion y la que hizo la postproducción".
Hoy, esa madurez le permite habitar un lugar donde su destaque es, paradójicamente, la invisibilidad. "Mi mejor virtud como profesional de la comunicación es pasar desapercibido; eso es fundamental para la persona que, como yo, sostiene una cámara". Para lograr este nivel de entrega, Kity tuvo que romper con la imagen idílica del artista bohemio y reemplazarla por la de un trabajador incansable: "Le tuve que quitar un poco de romanticismo a eso que la gente llama arte; lo tuve que sistematizar, terminar un proceso, celebrarlo y arrancar otro continuamente".
Este "desafío de no repetirse" es el motor que lo mantiene en movimiento, buscando siempre formatos nuevos que lo pongan a prueba. Es una mente inquieta que, según confiesa, se aburre rápido de los procesos conocidos, lo que lo obliga a saltar permanentemente hacia lo incierto.
La necesidad de narrar tuvo sus primeras páginas en Hijos del Pueblo, donde a través de crónicas literarias y experiencias cotidianas, empezó a ensayar ese vínculo entre la palabra y la vivencia diaria. Con el tiempo, esa búsqueda se trasladó al lenguaje audiovisual, alcanzando niveles de profesionalismo de alta factura en producciones como Proyecto 11 y Misión Owen. En esta última, Malano se desempeñó como documentalista y "testigo privilegiado", teniendo libertad total para jugar con el montaje, el color y el ritmo. "Si me durmiera en los laureles de una gran producción, se me pasaría la vida", afirma, justificando esa pulsión por iniciar proyectos nuevos.
Pero en su universo, las imágenes siempre tienen banda sonora propia. Su relación con la música es un capítulo aparte, marcado por una curiosidad voraz y una formación estrictamente autodidacta. Desde pasar años entendiendo el diapasón de la guitarra hasta animarse con el violín o el ronroco, Kity busca siempre la "sonoridad de su casa". "La cámara es uno de los últimos instrumentos musicales que encontré para trabajar mi obra", explica, borrando la frontera entre disciplinas: para él, una buena edición de video tiene el mismo compás, pausa y detalle que una pieza musical bien ejecutada.
Uritorco: donde la montaña se vuelve crónica
Para Malano, narrar no es algo que sucede frente a una pantalla, sino algo que se vive en el cuerpo. Su reciente ascenso al Cerro Uritorco no fue solo un reto físico de diez horas entre la noche y el amanecer; fue un "estado meditativo en movimiento". Durante esa escalada sistemática, el esfuerzo físico le permitió "ir hacia adentro" para traer un material que su cabeza ya iba redactando mientras sus pies buscaban firmeza en la piedra.
Allí, la lente capturó esa magia que ocurre cuando uno se anima a "desaparecer del paisaje" para ser un testigo de lo invisible. Kity sostiene que el universo devuelve "armónicos" o sincronicidades a quien está en el lugar y momento indicado. La aventura estuvo minada de guiños del destino, fechas y señales que confirman su teoría: La historia ya está hecha, solo hay que estar lo suficientemente despierto para descubrirla. "Estar atento a eso que sucede es fundamental para capturar la magia de las cosas", asegura, convencido de que la realidad desborda de casualidades simultáneas para quien sabe mirar.
El ascenso no fue solo un desafío externo, sino una inmersión profunda en la sensibilidad. Kity describe que, en medio del esfuerzo, el entorno empezó a hablarle en un lenguaje de señales que él simplemente se dedicó a transcribir. "Mi cabeza en ese momento estaba escribiendo; cuando el guía me respondía una cosa, yo ya sabía que eso era el título de un capítulo", confiesa. Esa predisposición le permitió capturar la "magia" de las cosas, no como una construcción artificial, sino como una verdad que ya latía en la montaña y que él logró congelar para siempre.
El audiolibro audiovisual: un ritual contra la vorágine
Malano define su innovador producto como un audiolibro audiovisual, un formato híbrido y artesanal que busca romper con el consumo descartable de las redes sociales. La propuesta no se entrega en un link perdido, sino que viene acompañada de un "manual de condiciones": requisitos de iluminación, sugerencias de ambiente y la consigna de dejar de lado cualquier otro dispositivo. Es un pack que incluye un video de 45 minutos de alta factura, un PDF con diseño editorial para recuperar la lectura reflexiva y la música original que el propio Kity compuso para guiar el relato.
"Este material no puede ser consumido con la vorágine en la que nos metemos a los dispositivos; es una invitación a volver al autor, a la foto propia y a tomarse un tiempo para la reflexión", dice el autor, orgulloso de su creación.
El horizonte de lo que vendrá
El Uritorco es apenas el primer capítulo de una "Serie de Aventuras" que promete seguir expandiéndose. Kity sabe que las historias están ahí afuera, esperando ser descubiertas por su mirada atenta, aunque todavía no tengan una forma definitiva. Su proceso no es forzado; prefiere dejar que la "magia" y las sincronicidades le marquen el próximo rumbo. Sabe que hay nuevos escenarios y nuevas preguntas por hacerse, pero no tiene prisa. Para este narrador, la aventura no es solo el destino, sino la capacidad de mantenerse como un eterno aprendiz, listo para "quitarle el mármol" a la próxima historia que el universo decida poner en su camino.




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